Apuntes sobre un presunto derecho universal a la subsistencia
Uno de los debates más antiguos en filosofía es el problema ontológico acerca de la naturaleza del mundo. ¿De qué está compuesto fundamentalmente? Los dos polos principales son los dualistas y los monistas. Los dualistas piensan que la realidad se compone de una sustancia material y una sustancia espiritual. Los monistas sostienen que la realidad está compuesta por una sola y exclusiva cosa: materia o espíritu.
Un problema distinto, aunque no muy alejado del asunto ontológico anterior, es sobre la naturaleza del alma. Los filósofos antiguos, al menos desde Platón, desarrollaron diversas teorías acerca de cómo estaba compuesta el alma de los seres humanos en contraste con las de otros seres vivos. Una de estas teorías famosamente dividía el alma en tres partes de acuerdo con sus funciones: la parte vegetativa, la parte sensitiva y la parte intelectual. El humano es el único ser vivo que cuenta con intelecto porque es capaz de hacer ciencia. Los animales no humanos carecen de intelecto pero cuentan con la función volitiva que les permite desear y tener emociones y sentimientos. Por último, las plantas sólo cuentan con las funciones vitales más elementales de crecimiento, alimentación y reproducción.
En dos mil años, el pensamiento de la civilización occidental ha cambiado apenas ligeramente en este respecto y sólo desde hace un puñado de años han aparecido movimientos civiles para reformar los sistemas legales que no contemplan los derechos de los animales y de la naturaleza, pues no les otorgan a dichos seres el mismo estatus moral que a los hombres. Los movimientos civiles que promueven los derechos de otros seres vivos tienen a sus apóstoles occidentales en la religión y en la filosofía: san Francisco de Asís y Baruch Spinoza, entre los más antiguos.
San Francisco de Asís escribió una plegaria que llenaba de bendiciones a los animales por no ser otra cosa que la creación de Dios. Por su parte, Spinoza es una figura interesante porque se pretende derivar de su pensamiento panteísta el cuidado y preservación de todos los seres vivos. De hecho, también se sigue de su pensamiento que deben tener el mismo estatus igualmente el resto de los seres no vivos. Dios está en todas las cosas porque es todas las cosas. Dios y su creación se confunden en su famosa sentencia: Deus sive Natura. ¿Pero es necesaria una invocación a Dios para inferir de ahí el respeto y cuidado de todos los seres que habitan el universo?
El panpsiquismo es la tesis filosófica de que todas las cosas del mundo están habitadas por una mente o un alma. Esta corriente de pensamiento es más antigua que la división tripartita del alma que cité más arriba. Además tiene una más amplia difusión que se extiende allende Occidente y puede considerarse una tradición filosófica secular porque no supone necesariamente la existencia de Dios. Sin embargo, si el panteísmo de Spinoza no ofrece una estrategia argumentativa convincente por no ser secular, en contraste, el secularismo del panpsiquismo no necesariamente es más exitoso. Es cierto, su defensa no necesita de un argumento suplementario para apoyar la premisa de la existencia de Dios. ¿Pero el solo hecho de demostrar que hay alma en los animales y las plantas, o incluso en la tierra y las rocas, basta para garantizarles un estatus moral?
Incluso si se demostrara su estatus moral, surgen dos cuestiones. La primera es que evidentemente los animales, las plantas y las rocas se distinguen del hombre por el simple hecho de que no manifiestan a través de sus hábitos o formas de existencia un orden de sus facultades psíquicas igual al de los seres humanos. El problema no es si tienen un alma inteligente como la nuestra o incluso si tienen alma, el problema es que sus formas de vida y existencia no les otorga dentro de nuestros sistemas autonomía ni una representación objetiva. ¿Cómo pueden hablar por sí mismos los seres que no tienen un lenguaje humano? ¿Quién tiene autoridad para darles voz?
No estaría sobrado mencionar que las investigaciones de la Dra. Monica Gagliano, bióloga investigadora de la Universidad de Western Australia, han conseguido importantes avances en el conocimiento de la inteligencia vegetal a través de la experimentación referida específicamente a las facultades comunicativas y sensoriales-auditivas de las plantas. Es posible afirmar con cierta cautela que las plantas en efecto tienen algún tipo de inteligencia. Sin embargo, es claro que dicha inteligencia suya está adaptada a condiciones biológicas existenciales particulares, muy distintas a las del ser humano.
La segunda cuestión ya ha sido señalada por otros filósofos: ¿qué diferencia haría saber que otros seres del mundo tuvieran un alma sintiente e inteligente? Los humanos nos inflingimos sufrimiento los unos a los otros, incluso a sabiendas de que compartimos la misma capacidad de inteligencia; o quizás peor aún: lo hacemos justo porque sabemos que nuestras acciones pueden ser inteligidas con significados de odio y desprecio. En nuestras formas de vida, el reconocimiento de una inteligencia no garantiza el respeto del individuo.
No hay que olvidar que se está lidiando con dos problemas distintos: uno filosófico y otro práctico-legal. El problema filosófico es acerca del alma en el mundo. El segundo problema práctico-legal tiene que ver con su reconocimiento como personas morales y el establecimiento de un patrón de conducta para nuestras sociedades hacia los seres no humanos.
No es trivial que la filosofía jurídica se ocupe de temas metafísicos acerca del alma de las cosas para buscar nuevas pautas argumentativas en la defensa de los derechos de los seres no humanos. Sin embargo, mientras se decide la cuestión filosófica, me parece que la cuestión debe sentarse, al menos pro tanto, de manera no inferencial. Es decir, el respeto hacia formas de vida distintas no debe forzosamente provenir de un argumento científico o filosófico, sino de la simple intuición de que la continuidad de una especie animal, vegetal o mineral no es algo sobre lo que nosotros debamos decidir. El ser humano, por más racional que sea su alma, no tiene soberanía sobre ninguna otra especie en el universo. El solo hecho de que una entidad posea existencia es una razón suficiente para la continuidad de su ciclo natural.
Lo que significa esta postura es simplemente que las actitudes y conductas del ser humano hacia otras especies deben ser perfiladas de tal manera que no pongan en riesgo la continuidad de sus ciclos naturales. Por supuesto, no funcionarían como alternativas de conducta la creación de reservas ecológicas, zoológicos al aire libre o proyectos sustentables de explotación de recursos, por el simple hecho documentado de que estas conductas industriales han generado un impacto tan grande que sus consecuencias son apenas visibles en nuestro tiempo. Incluso la deforestación controlada para fines pastoriles o agrónomos puede alterar un ecosistema, por ejemplo, provocando la desaparición de especies o propiedades animales, vegetales o minerales todavía ignotas.
Hay todavía dos cuestiones importantes que han quedado pendientes. Una es la cuestión de nuestros hábitos alimenticios. He sostenido que la sola existencia de una entidad le confiere un inalienable derecho de subsistencia. Esta afirmación hace necesariamente pesar la balanza de lado de una conducta vegetariana. Estoy de acuerdo, el alma del animal consumido desaparece con su consumo, pero no así la del alma vegetal, que persistiría incluso como individuo con su facultad de regenerar sus partes consumidas. En realidad, en primer lugar estoy en contra de la explotación industrial de ecosistemas que pone en alto riesgo la desaparición de especies completas. Si estoy en contra del consumo individual de un animal, en primer lugar es por la amenaza que constituye esta conducta sistemática generalizada en toda la sociedad (como hábito alimenticio carnívoro más bien que omnívoro) por el tamaño de su impacto sobre el mundo entero. Pero lo mismo vale para el consumo vegetal proveniente de la industria agrónoma capitalista. Sólo después consideraría necesaria la búsqueda de un argumento metafísico sobre el alma de los animales, pero sólo para comprender la intuición de lo terrible que es el sacrificio de un animal para el consumo de su carne. Tengo la extraña impresión de que decir que hay algo terrible en el sacrificio no es todavía decir que sea incorrecto.
Además debo confesar que a pesar de que esta consecuencia de mi hipótesis vuelve urgente la conversión al vegetarianismo, muy a pesar de mis costumbres alimenticias, mi aparente resistencia a aceptarla inmediatamente no debe tomarse como una mera reacción conservadora. Arne Naess dijo alguna vez que había aprendido tanto de sus ratas de laboratorio como de Platón. Del mismo modo, creo que tenemos algo que aprender del resto del mundo animal, incluso de nuestros parientes carnívoros, bajo la idea de que no estamos en la cima de una pirámide, sino atados como un eslabón más a una larga cadena alimenticia.
La cuestión del lugar del ser humano dentro de la cadena alimenticia es un tema muy difícil y debe reflexionarse filosóficamente con un tratamiento más serio y sutil en otro espacio.
Además debo confesar que a pesar de que esta consecuencia de mi hipótesis vuelve urgente la conversión al vegetarianismo, muy a pesar de mis costumbres alimenticias, mi aparente resistencia a aceptarla inmediatamente no debe tomarse como una mera reacción conservadora. Arne Naess dijo alguna vez que había aprendido tanto de sus ratas de laboratorio como de Platón. Del mismo modo, creo que tenemos algo que aprender del resto del mundo animal, incluso de nuestros parientes carnívoros, bajo la idea de que no estamos en la cima de una pirámide, sino atados como un eslabón más a una larga cadena alimenticia.
La cuestión del lugar del ser humano dentro de la cadena alimenticia es un tema muy difícil y debe reflexionarse filosóficamente con un tratamiento más serio y sutil en otro espacio.
La segunda dificultad sobre la coherencia de mi hipótesis es en relación a especies acusadas de ser meramente parasitarias y nocivas, como algunos virus, bacterias y hongos que aparentemente ponen en un riesgo constante la vida o la calidad de vida de otros seres vivos. Para estos casos de manera exclusiva resulta muy convincente la idea de su erradicación. Sobre esta cuestión no puede decir mucho sin parecer tonto y ser mirado con desprecio. Podría ser acusado de hipócrita si no reconozco las ventajas médicas de las que he gozado siendo parte de la cultura tecnocientífica a la que pertenezco, que me han permitido obtener vacunas y no tener que sufrir las calamidades de cierto tipo de infecciones que han sufrido y siguen sufriendo otros seres humanos en contextos socioeconómicos menos privilegiados. Pero si lo hago, entonces caigo en contradicción estando obligado a aceptar excepciones a mi hipótesis. El problema con aceptar una excepción es que vuelve trivial la hipótesis inicial y totalmente arbitrario el lugar donde uno traza la línea entre las especies dignas de subsistir y las que no.
¿Los virus y las bacterias tienen personalidad? ¿Esto debería importarnos? Los virus no se reproducen, se replican. Un ejemplar del virus es todo el virus. Es posible erradicarlos sin extinguirlos por completo. Es bien sabido que los gobiernos conservan en las universidades cepas de todos los virus y enfermedades que lograron erradicarse. (Y a pesar nuestro pueden luego ser manipuladas como armas biológicas.) Pero dejando de lado este último tema, deseo volver al tema del sacrificio y la sabiduría animal. Los virus son nuestro principal depredador. La conciencia de que nuestra especie forma parte de una cadena alimenticia, si sería adecuado este marco en el contexto de los virus, nos permite recordar que no estamos por encima de ningún ecosistema y que nosotros también somos vistos como presas. Sabernos presas es considerar que, como especie debemos mantenernos dentro de ciertos márgenes bióticos, que también estamos cumpliendo un ciclo natural y que podemos luchar para subsistir pero también tenemos la inteligencia para elegir no hacerlo.
¿Los virus y las bacterias tienen personalidad? ¿Esto debería importarnos? Los virus no se reproducen, se replican. Un ejemplar del virus es todo el virus. Es posible erradicarlos sin extinguirlos por completo. Es bien sabido que los gobiernos conservan en las universidades cepas de todos los virus y enfermedades que lograron erradicarse. (Y a pesar nuestro pueden luego ser manipuladas como armas biológicas.) Pero dejando de lado este último tema, deseo volver al tema del sacrificio y la sabiduría animal. Los virus son nuestro principal depredador. La conciencia de que nuestra especie forma parte de una cadena alimenticia, si sería adecuado este marco en el contexto de los virus, nos permite recordar que no estamos por encima de ningún ecosistema y que nosotros también somos vistos como presas. Sabernos presas es considerar que, como especie debemos mantenernos dentro de ciertos márgenes bióticos, que también estamos cumpliendo un ciclo natural y que podemos luchar para subsistir pero también tenemos la inteligencia para elegir no hacerlo.
20 abril de 2017,
Ciudad de México